Hacía meses que se sabía que más pronto que tarde el caso del robo del Códice Calixtino viraría hacia las acusaciones de prácticas
sexuales y robos generalizados del dinero de las limosnas en la catedral de
Santiago. El ladrón confeso del famoso libro, Manuel
Fernández Castiñeiras, ha materializado su amenaza en forma de un
escrito de quince folios. En términos jurídicos, un acta de manifestaciones que
se ofrece a ratificar y ampliar ante el juez José Antonio Vázquez Taín, que
recientemente concluyó la instrucción de la causa.
El escrito de Fernández Castiñeiras relata relaciones sexuales en la
catedral compostelana y entre miembros de la Iglesia y apunta directamente
hacia el exdeán del templo, José María Díaz, cuando habla de su «intensa
relación sentimental» y de «actitudes que iban más allá de lo humanamente
paternal» como por ejemplo «frecuentes palmaditas en el culo».
El escrito del ladrón del Códice hay que enmarcarlo en la línea que seguirá
su defensa en el juicio. Su abogada, Carmen Ventoso, presentará a Manuel
Fernández Castiñeiras como una persona de gran fe cristiana, abrumado y
atormentado por todo lo que veía y vivía en la catedral compostelana. Un
argumento que ya adelanta en el incendiario escrito que ha presentado en el
juzgado, en el que dice que «la gente nunca se enterará de la tristeza que yo
siento y he sentido durante años al contemplar, por haberlo visto cuando iba a
rezar, cuando iba a tomar un café o cuando me lo contaban los propios
protagonistas en confianza, que ni la pobreza ni la castidad existen en algunas
personas que se les supone».
El ladrón del Códice, al que le encontraron casi dos millones de euros en
sus propiedades y que está también acusado de haber robado durante más de una
década en la caja fuerte de la catedral, asegura también que el robo era
práctica habitual en la catedral y que estaba generalizado. «En la catedral yo
siempre vi que robaban dinero [...] metían la mano en la bolsa y sacaban
dinero, eso lo vi yo», asegura Fernández Castiñeiras, que añade que «cuando
venían las ofrendas en cestos o recipientes con plata, jamones o buenos vinos,
cogían lo mejor y se lo llevaban y el resto lo veía yo entrar por la puerta de
la sacristía, pero ya habiendo vaciado parte del recipiente».
Fernández Castiñeiras se ha decidido ahora a hablar, pero asegura que
llevaba mucho tiempo «pensando en cómo hacer para que la gente se entere de lo
que estaba pasando en la catedral de Santiago», y advierte que su escrito, pese
a tener quince folios, es solo «un pequeñísimo granito de arena de lo mucho que
tengo que manifestar». Una amenaza que apunta directamente a la Iglesia.
Públicado en "La Voz de Galicia" el 19 de febrero de 2013.
Escrito por Xurxo Melchor.

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